La Villa de Merlo vende una promesa vieja que todavía funciona: aire limpio, el trasfondo de las sierras, una calma con buen marketing, un lugar donde el paisaje todavía le gana al ruido, al apuro y a la incertidumbre del mundo. Pero debajo del clima apacible vibra una discusión bastante más áspera: qué modelo de ciudad se está construyendo en uno de los rincones más deseados de San Luis.
La pregunta no crece en el vacío. En marzo, el gobernador Claudio Poggi propuso avanzar con un Plan Maestro de Turismo para la provincia y lo presentó como una hoja de ruta capaz de ordenar y potenciar una actividad central para la economía puntana. Casi al mismo tiempo, distintos funcionarios y empresarios empezaron a ligar esa apuesta con otra idea que hoy atraviesa un discurso local más o menos consensuado: hay que planificar para que ni el agua ni la energía se conviertan en un freno para el crecimiento poblacional y productivo.
Dicho así, suena lógico y razonable. También suena a advertencia. Si hace falta aclarar que esos recursos no deben convertirse en una restricción, es porque la presión existe; es porque el crecimiento ya empuja y porque la discusión dejó de ser abstracta.
En Merlo, esa tensión se percibe en el valor de la tierra y en la expansión de ciertos desarrollos inmobiliarios. También en la presión sobre los servicios y en una economía que necesita cada vez más movimiento para hacer girar la rueda. Se nota, más que nada, en la paradoja central de toda ciudad turística que funciona más o menos bien: cuanto más deseada se vuelve, más riesgo corre de alterar las condiciones que la hicieron deseable.
Núcleo
La discusión, entonces, no debería quedar atrapada entre promotores del progreso y supuestos enemigos del desarrollo. El núcleo es otro: cómo crecer, para quiénes, con qué reglas y con qué límites. Ahí se juega una parte decisiva del futuro.
Una ciudad turística no vive sólo del visitante. También vive, y sobre todo resiste, con quienes trabajan, alquilan, circulan, consumen, educan a sus hijos, van al hospital o abren la canilla en enero y en julio. La ciudad real no empieza en la foto del mirador ni termina en la cabaña con pileta. Al contrario, la ciudad real abarca a quienes sostienen la temporada y después se quedan cuando afloja el tránsito y cuando ya no hay promociones ni postales.
Merlo aparece, además, dentro de un mapa provincial que busca mover más el turismo durante fines de semana largos. El turismo hace ya mucho tiempo que no es sólo una actividad simpática para la foto; es parte de una estrategia económica más amplia. Y cuando una actividad entra de lleno en la lógica estratégica del poder, pasa a transformarse en terreno de disputa.
A lo mejor ahí también aparezca la razón de una primera pregunta para un medio nuevo como Merloide: no tanto qué sucede en Merlo, sino qué Merlo está empezando a sucedernos.



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