Si sentís que entrar a las redes sociales equivale a meterse en un bar donde todos hablan fuerte, nadie escucha y cualquier mesa está al borde de las trompadas, no es una exageración. Al contrario: es una escena común en buena parte del mundo. François Dubet llama “pasiones tristes” a ese clima fabricado con bronca, indignación y resentimiento, que fue desplazando lo que conocíamos como “conciencia de clase”. Ya no nos une, como antes, el orgullo de pertenecer a un grupo con un destino común. Ahora nos confunden las heridas de mil desigualdades pequeñas y cercanas.
Dubet ofrece una clave potente para leer este aparente caos: pasamos de un mundo donde el conflicto tenía una forma más clara y reconocible —obreros contra patrones, sindicatos contra empresas— a una sociedad partida en mil reclamos, dolores individuales y agravios que viajan a la velocidad de los dedos sobre la pantalla del teléfono móvil.
En esta época, el malestar no siempre desemboca en una huelga, una marcha o una bandera. Las más de las veces se descarga en un linchamiento digital. La pregunta por la injusticia cambió de escala: ya no miramos solo las estructuras que reparten mal la riqueza, el poder o el prestigio; también medimos, con rabia y hartazgo, lo que tiene el que camina al lado.
Dicho de otro modo, vivimos en un “régimen de desigualdades múltiples”: somos desiguales según el nivel educativo, la edad, el género, el lugar donde vivimos, el tipo de trabajo que conseguimos o la fragilidad del ingreso con el que llegamos a fin de mes. Las fronteras se disolvieron y la vieja clase obrera se fragmentó en mil pedazos.
Ahora lo que nos angustia casi nunca es la riqueza concentrada de magnates inalcanzables, sino el pequeño privilegio —real o imaginado— que tiene nuestro vecino.
Si lo pensamos en frío, deberíamos estar marchando contra el uno por ciento más rico del planeta. Pero, según Dubet, las fortunas de empresarios como Elon Musk o Peter Thiel son tan grandes que parecen ser abstractas. Quedan lejos, demasiado lejos. Son una cifra tan grande, escrita en una pantalla, que nadie comprende en su verdadera dimensión.
Entonces, ¿a quién apuntamos con nuestra furia? Al que tenemos al lado. El comerciante se enoja con el empleado público que tiene estabilidad. El trabajador mira con bronca al que vive en un barrio cerrado. El habitante de la ciudad desprecia al del campo. En vez de mirar hacia arriba, el resentimiento nos hace mirar hacia los costados o, peor aún, hacia abajo: contra los inmigrantes, contra los pobres, contra quienes supuestamente “abusan” del Estado.
Berrinches digitales
Además, la era digital permite que cualquiera acuse y escrache desde una pantalla. Pero esa clase de indignación carece de correlato político y no es nada más que un berrinche.
Así aparecen quienes mejor capitalizan los berrinches en masa: los líderes autoritarios, que reciben malestar social, lo ordenan en una consigna simple y lo devuelven convertido en políticas de castigo. Es decir, ofrecen lo que el resentimiento pide: un líder tan enojado como sus seguidores y un enemigo fácil de culpar: la casta, los inmigrantes, el vecino que recibe ayuda del Estado.
Sin embargo, aunque a veces parece que estamos condenados a odiarnos en redes sociales para siempre, Dubet plantea que, en el mundo real, el tejido social sigue vivo gracias a héroes invisibles.
Todavía quedan docentes que se rompen el lomo en barrios difíciles o en las universidades, trabajadores de la salud que dan mucho más de lo que exige su sueldo y asociaciones solidarias que sostienen la alimentación de millones todos los días, sin épica, sin recompensas.
De modo que el desafío que nos propone Dubet es dejar de ser comentaristas indignados de nuestra propia impotencia para exigir y construir una política capaz de hacerse cargo de levantar una esperanza.
Porque si seguimos en este camino, al final del día, el resentimiento es un veneno que nos estamos tomando cada uno de nosotros esperando que le haga mal al vecino.


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