El intendente interino de Villa de Merlo Leonardo Rodríguez publicó este domingo una larga reflexión sobre el funcionamiento de la Unión Cívica Radical después de la Convención Provincial realizada el sábado. El texto, escrito en lo formal en clave partidaria, defiende la conducción de Juan Álvarez Pinto, ratifica la alianza con el gobierno de Claudio Poggi y plantea una “oportunidad histórica”: que el radicalismo deje su lugar de fuerza secundaria para asumir un papel más activo en la conducción provincial.
En esa dicotomía, hay dos formas de entender a la UCR: una, asociada a la oposición permanente, a la supervivencia legislativa y a la comodidad de la minoría. Otra, vinculada a la vocación de gobierno y a la decisión de asumir responsabilidades de gestión. En esa segunda línea ubicó a la mayoría partidaria que ejerce su grupo político.
Su planteo no emerge en el vacío. Álvarez Pinto preside el partido, fue elegido intendente de Merlo, pidió licencia para asumir como ministro de Turismo y Cultura y, en la última reorganización del gabinete, quedó ubicado entre las escasas figuras que sumaron volumen político dentro del esquema de Poggi.
En ese contexto, la reflexión de Rodríguez expresa esa expectativa de crecimiento: la UCR no quiere limitarse a acompañar a Poggi, sino aumentar su peso dentro del gobierno.
Ahora bien, si esa ambición empieza a proyectarse más allá del 2027, podrían aparecer reacciones por ahora latentes entre otros actores del mismo espacio.
Las razones son evidentes: como el Gobierno piensa que la elección del 2027 está ganada de antemano y permitirá la reelección de Poggi, la verdadera pelea abierta ahora es para el 2031. Por ahora en voz baja, una pregunta inevitable empieza a sacudir el gabinete del oficialismo: ¿quién será el heredero político del proyecto poggista cuando termine este ciclo?
Para ese horizonte lejano, fuentes oficiales apuestan a dos nombres iniciales: el vicegobernador Ricardo Endeiza y el intendente de San Luis, Gastón Hissa. Justo en el medio de esa dupla, los radicales quieren abrir la discusión para que pase a ser una terna, con Álvarez Pinto como eventual candidato.
Endeiza ocupa el lugar institucional más alto después de Poggi. Es el vicegobernador, conduce el Senado y ya quedó a cargo del Ejecutivo cuando el gobernador tomó licencia en enero. Álvarez Pinto, en cambio, construye desde otro lugar: conduce la UCR y opera en silencio todo el tiempo dentro del gabinete provincial.
Por eso cuando Rodríguez afirma que el radicalismo debe “animarse a cogobernar de verdad”, no solo habla de ocupar cargos. También instala una pretensión: que la UCR sea reconocida como socia política con capacidad de disputar centralidad dentro del gobierno.
Ese movimiento puede ser leído con entusiasmo por el radicalismo, que durante décadas convivió con derrotas, fragmentaciones y lugares menores en la política provincial. Pero también puede ser leído con cautela por el resto del oficialismo. Una UCR ordenada detrás de Álvarez Pinto puede funcionar como aliada. Una UCR con vocación de poder propio puede convertirse, con el tiempo, en competidora interna.
La pregunta que queda abierta es cómo procesará esa ambición la coalición de gobierno. Endeiza, que ocupa una posición institucional clave y aparece naturalmente asociado a la continuidad del poggismo, podría mirar ese crecimiento radical como una señal de competencia anticipada.
La publicación de Rodríguez no dice todo esto de manera directa. Pero lo sugiere en su lógica política. Habla de oportunidad histórica, de cogobernar, de asumir más responsabilidades, de construir un radicalismo competitivo, influyente y preparado para conducir.
La Convención radical dejó, entonces, una foto interna. Pero Rodríguez mostró parte de una película. En esa película, la UCR de Álvarez Pinto ya no quiere ser apenas un socio del gobierno provincial. Quiere discutir poder.


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