Merlo consume diez millones de litros de agua por día. La cifra aislada no dice demasiado. Hasta que alguien la contrasta con un límite: en condiciones críticas, la capacidad de almacenamiento de la Villa es de apenas una semana. Es decir que si el sistema de captación fallara sin solución en este momento, el paraíso serrano quedaría seco en siete días.
Siete días es el máximo de reserva. El dato, que debería funcionar como un cronómetro de arena sobre la gestión municipal, surgió de las discusiones de la Mesa Sectorial Participativa, que armó la Comisión Plenaria de Ordenamiento Territorial del Concejo Deliberante. Fue el martes 21 de abril, en el primer eslabón de una serie de encuentros destinados a diseñar el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial.
El diagnóstico, introducido por la Cooperativa de Agua, es una cachetada a cualquier intento de expansión descontrolada: según distintos especialistas,el agua no es para nada una variable que deba adaptarse al crecimiento, sino la pared técnica contra la que choca cualquier plano de loteo futuro.
Arroyos de piedra
La postal del agua bajando por las piedras es, en los meses de sequía, casi una alucinación. Entre septiembre y noviembre, según registros históricos, la captación llega a absorber el 99% del caudal de los arroyos. De forma tal que no queda casi nada para el ecosistema y nada para la recarga de los acuíferos.
Dicho de forma más popular y cruel: estamos raspando el fondo de la olla natural para sostener una mancha urbana que no para de crecer.
El estrés es tan alto que casi la mitad del suministro (un 41%) depende de perforaciones subterráneas. El problema es que se bombea a ciegas: no hay datos actualizados sobre cuánto tiempo tardan esos reservorios profundos en recuperarse.
Bosques ajenos
Para las miradas más exageradas, a la desidia humana se le suma un enemigo silencioso con raíces: los pinos y siempreverdes, especies exóticas que el marketing inmobiliario supo vender como “bosque”. Estos árboles pueden funcionar, en realidad, como bombas de succión: los especialistas advierten que consumen mucho más que la vegetación nativa y transforman la sierra en un polvorín, porque su resina y la acumulación de pinocha son el combustible perfecto para los incendios que acechan cada temporada.
El costo de la distancia
Por otra parte, la expansión horizontal podría ser una bomba para la paz financiera municipal. El modelo de “villa dispersa”, dicen los funcionarios, obliga al Municipio a estirar servicios básicos sobre una superficie inabarcable. Un dato que se lanzó en la Mesa es revelador: recolectar la basura en los nuevos loteos de la periferia es 14,4 veces más caro que hacerlo en el centro consolidado.
En lenguaje llano, el vecino que vive en una zona con pavimento y cloacas está subsidiando el camión de residuos de quien eligió la belleza y soledad de la montaña. La eficiencia decae en una red de infraestructura donde, en algunos sectores, solo hay una conexión de agua cada 440 metros de cañería.
La famosa Cota 1000
El límite de construcción por encima de los mil metros de altura (la Cota 1000) ha sido el escudo de la sierra desde siempre. Sin embargo, el reciente “Fallo Mercado” de la Corte Suprema de Justicia parece imponer una discusión sin mucho margen sobre el ordenamiento territorial. La sentencia obliga a equilibrar la protección ambiental con el derecho a la propiedad privada. Este es el argumento que usan las autoridades municipales para advertir que esa protección podría ser una fuente de juicios millonarios.
Pero la propuesta de algunos especialistas en la Mesa no es la prohibición absoluta —que suele terminar en tribunales— sino una negociación basada en indicadores reales de sensibilidad. El asunto, dicen, no es prohibir, sino entender que, si se tapa el suelo con cemento, el agua no entra.
Pero quizás la crítica más ácida de la jornada provino de los sectores académicos. Se está intentando ordenar el Merlo de 2026 con un diagnóstico basado en estudios de 2008. Por ejemplo, los especialistas detectaron errores en las fichas técnicas actuales, donde se permitían alturas de hasta 9 metros en áreas que deberían ser de reserva natural.
Dieciséis años en una ciudad que crece en forma exponencial y desordenada sería un camino seguro rumbo al desastre. Como señaló el Colegio de Ingenieros, no se puede gobernar con un martillo si el problema no es un clavo; se necesitan datos frescos, censos de arbolado y un cálculo real de la capacidad de carga.


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